Biografía de Federico García Lorca

 

Federico García Lorca (1898-1936) es sin duda uno de los grandes genios que España dio al mundo durante el siglo XX, junto a los pintores Pablo Picasso, Salvador Dalí y al cineasta Luis Buñuel. Si bien se lo reconoce antes que nada como poeta y dramaturgo, Lorca se destacó también como notable director teatral, carismático conferencista, original dibujante y pianista competente. De hecho, su primera vocación fue la musical. Para que de entrada no quede la menor duda acerca de su valoración histórica, baste recordar que García Lorca es actualmente, después del autor de El Quijote, el escritor español sobre el que más se han publicado todo tipo de estudios a lo largo y ancho del planeta.

 

Nacido el 5 de junio de 1898 en un pueblito de la Vega de Granada llamado Fuente Vaqueros, la infancia de Federico transcurrió fuertemente ligada a la tierra y a la vida rural. Fue el hijo mayor de cuatro hermanos que crecieron en el seno de una familia liberal, culta y con una sólida posición económica. Don Federico García Rodríguez, su padre, había logrado una situación de privilegio gracias al auge de las plantaciones de remolacha azucarera en España.

 

A los 18 años, Federico había completado su formación secundaria en la ciudad de Granada y se dedicaba con entusiasmo a la música, teniendo como una de sus metas ser concertista de piano y completar estudios en el Conservatorio de París, cosas que a sus padres no les conformaban como destino para su hijo primogénito. De hecho el sorpresivo fallecimiento de su maestro de música y la presión de su padre hicieron que el talentoso joven decidiera por un lado volcarse a la literatura como proyecto personal e ingresar a la Facultad de Derecho de Granada para satisfacer a su familia.

 

Dedicándole casi nada a los estudios académicos, la futura luminaria de la literatura española se aplica más a tareas extracurriculares y a participar de las tertulias del café de La Alameda que a asistir a los cursos de una carrera que terminará a los 23 años como forma de compensar a su padre el hecho de no tener que trabajar y de, incluso, solventar la edición de sus dos primeros libros: Impresiones y paisajes (1918) y Libro de poemas (1921).

 

A partir de 1920, Lorca comenzó a repartir su tiempo entre Madrid y Granada, donde invariablemente pasará sus largas temporadas de verano junto a su familia. Resultó fundamental para el poeta andaluz ser aceptado como huésped en la Residencia de Estudiantes de Madrid, el centro cultural más importante de España en aquellos tiempos. Allí convivió y se hizo íntimo amigo de Dalí y Buñuel, entre otros, y pudo trabar relación con muchas figuras ya consagradas que eran asiduos visitantes del lugar.

 

El nombre del joven poeta comenzó poco a poco a ganar los círculos artísticos e intelectuales en base a su gran entusiasmo vital, carisma personal y a la costumbre de recitar textos, tocar el piano y cantar en todas las reuniones que se daba la oportunidad. Sabido es que a Lorca no le gustaba publicar porque sentía que la poesía moría una vez impresa. Por esto, cuando se publica su libro más famoso, Romancero gitano (1928) los romances que lo integran ya eran ampliamente conocidos y se propagaban de boca en boca como la vieja literatura popular.

 

Justamente en torno a la aparición del Romancero, cuando Lorca tenía 30 años, es que se inicia su reconocimiento en gran escala: así como los romances de tema gitano marcaron un mojón en su carrera poética, lo mismo sucedió con Mariana Pineda (estrenada en 1927) a nivel de su dramaturgia. De ahí en más, su figura se hizo muy fuerte en al ámbito teatral: La zapatera prodigiosa se estrenó en 1930, Bodas de sangre en 1933, Yerma en 1934 y Doña Rosita la soltera en 1935.

 

En menos de una década Lorca renovó y revitalizó el teatro español. Famosa e ilustrativa fue la presencia de las “tres barbas ilustres” durante el ensayo general de Yerma: don Ramón del Valle Inclán, don Miguel de Unamuno y don Jacinto Benavente. Paralelamente, Lorca reformuló la manera de poner en escena clásicos españoles, tarea que llevó a cabo a través del hoy legendario teatro universitario La Barraca, con el que recorrió los pueblos de España entre 1932 y 1934.

 

Por aquel diciembre de 1934 en que se estrenaba Yerma, Federico había ya realizado los dos únicos viajes fuera de España que hiciera en su corta vida, ambos a América: el primero a Estados Unidos y Cuba (1929-30) y el segundo a Argentina y Uruguay (1933-34). El primero, de carácter recreativo, trajo sin embargo un notable cambio en su poética: nació el casi surrealista Poeta en Nueva York, publicado póstumamente. El segundo viaje en cambio, obedeció a razones profesionales: Lorca llegó a Buenos Aires para dictar conferencias, promocionar Bodas de sangre (que estaba teniendo un increíble éxito) y preparar el estreno de La zapatera prodigiosa. Fue desde la capital Argentina que el poeta viajó a Montevideo y pasó sus únicos dieciocho días en Uruguay, que quedaron grabados a fuego en la memoria cultural uruguaya.

 

Los seis meses en el Río de la Plata marcaron un importantísimo punto de inflexión en la vida de Federico: por un lado experimentó un grado de éxito artístico y popularidad sin precedentes, y por otro, logró por vez primera independizarse económicamente de su familia.  De regreso a España, Lorca continuó disfrutando de ser el escritor joven más reconocido y celebrado en su tierra, cosechando éxito tras éxito hasta su trágico fin, dos años más tarde, cuando comenzó la Guerra Civil. En medio de un ambiente social que se fue tensando hasta estallar en una lucha fratricida, Federico siguió, como siempre, dedicándole su tiempo al teatro y a la poesía. Se sucedieron estrenos y reposiciones de sus obras a sala llena, su Romancero gitano era reeditado varias veces, su largo poema-libro Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (dedicado a su amigo torero y dramaturgo) tuvo una repercusión impresionante, sus piezas teatrales comenzaban a estrenarse y traducirse en el extranjero, tenía planeados viajes de trabajo a Italia, México, de nuevo a Argentina…

 

Resulta imposible saber qué otras maravillas hubieran surgido de su pluma de no haber sido secuestrado y fusilado en “su Granada”, durante el verano de 1936; una muerte absurda que se convirtió en símbolo de la tragedia de España.

 

(Texto sobre Federico García Lorca del escritor uruguayo Eduardo Roland)